En el nombre del padre…
En las últimas semanas hemos presenciado en televisión una lamentable teleserie: las
denuncias – calladas durante mucho tiempo – de diferentes chilenos que afirman haber estado
sometidos a una de las experiencias más horrorosas para un ser humano: el abuso sexual.
Los abusos sexuales son, lamentablemente, pan de cada día en la sensacionalista
prensa nacional. Sin embargo, esta vez los acusados vestían un pulcro traje blanco y vociferaban
orgullosos sus votos de pobreza y castidad amparados bajo el alero de la Iglesia Católica.
Un verdadero revuelo, principalmente porque estas denuncias comenzaron a salir a la
luz pública en abril de 2010, cuando en televisión un grupo de cinco profesionales relataron los
abusos sexuales a los que fueron sometidos por el sacerdote Fernando Karadima. El testimonio
más emblemático – por su emotividad e impacto – fue el James Hamilton, profesional de la salud
abusado luego de la muerte de su padre.
Hace un par de semanas, específicamente el 1 de abril, dos ex – alumnas del
prestigioso colegio Santa Úrsula de Vitacura, denunciaban a Sor Paula Lagos por irregularidades
administrativas (fueron parte del noviciado ursulino) y también por materias de connotación
sexual. Mónica Salinas el 7 de abril pasado, daba la cara en los diferentes medios de comunicación
para revelar los abusos sexuales a los que fue sometida por Sor Paula, quien la besaba y acariciaba
mientras estaba en el colegio.
Llama la atención el hecho de que los denunciantes pertenezcan a un estrato social
acomodado, donde “se supone” que estas cosas no pasan, pero resulta mucho más repugnante
y condenable que sujetos como Sor Paula o Fernando Karadima, se amparen bajo una doctrina
católica que los encubre y protege, que les otorga de forma arbitraria la facultad para decir qué
se debe hacer y qué no, arrogándose una moralidad que no posee, aprovechándose del poder y la
confianza que socialmente les otorga un largo hábito y una blanca sotana.
Patricia Neira
CNST

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